viernes, 19 de febrero de 2016

PROMOCION FUNDADORA "FELIX EDUARDO LOLI LEON " , 1968, COLEGIO JOSE DE LA RIVA AGUERO Y OSMA DE CHORRILLOS LIMA PERU


PROMOCION FUNDADORA "FELIX LOLI LEON " , 1968, COLEGIO JOSE DE LA RIVA AGUERO Y OSMA DE CHORRILLOS LIMA PERU






 




 
FOTOGRAFIA QUE MUESTRA A LA PRIMERA PROCION FUNDADORA , 1968, COLEGIO JOSE DE LA RIVA AGUERO Y OSMA DEL DISTRITO DE CHORRILLOS , LIMA, PERU. ,DESFILANDO EN EL MALECON DE CHORRI...LLOS UN 29 DE JUNIO DIA DE SAN PEDRO, DESFILE ENCABEZADO POR NUESTRO BRIGADIER GENERAL HECTOR ROSAS PADILLA, EN 2018 CUMPLIMOS 50 Años DE EGRESADOS , DIOS MEDIANTE , ESTAREMOS BOTANDO LA CASA POR LA VENTANA Y NOS ESTAREMOS REUNIENDO POR NUESTRAS BODAS DE ORO, PROMOCION "FELIX LOLI LEON", COMUNICARSE CON EL PRESIDENTE DE LA PROMOCION Sr. AUGUSTO DESTRE GUADALUPE

Desfilé por cinco años en el malecón de Chorrillos, CADA Año venía el Presidente de la Republica como invitado de honor y era recibido por el alcalde de Chorrillos, el párroco de la Iglesia San Pedro oficiaba la santa misa de campaña y así se daba inicio al acontecimiento más importante del año. El oficial Mayor del Ejército peruano pedía permiso al presidente de la república para dar inicio al desfile central por el dia de San Pedro patrón de todos los pescadores, y nuestro colegio impecable vestido con su uniforme kaki, con los galones de grado y las boninas a paso redoblado y con la frente muy en alto iniciaba el desfile, seguido por importantes colegios chorrillanos entre ellos EL BRIGIDA SILVIA DE OCHOA.

Después del desfile muchos de nosotros comíamos en las vivanderas, la comida típica peruana como el arroz con pato, papa a la Huancaína, seco de cabrito, ceviche mixto y muchos platos que son una delicia para un paladar exigente, los restaurantes estaban llenos, , los juegos mecánicos eran infaltables ,mucha gente de todos los distritos limeños llegaban a la tierra de JOSE OLAYA BALANDRA, a participar de esta fiesta patronal de San Pedro.

Todas LAS AULAS RIVAGUERINAS DESFILABAN junto a nuestros MAESTROS Y LOS AUXILIARES, NUESTRA BANDA DE GUERRA MUCHAS VECES SOLO NOS Acompañaba PORQUE LA BANDA DE MUSICOS DEL EJERCITO O DE LA POLICIA ERA LA BANDA OFICIAL DEL DESFILE, MUCHOS COLEGIOS LIMEñOS SIEMPRE ERAN INVITADOS DE HONOR Y NUESTRO Pequeño COLEGIO COMPETIA CON EL COLEGIO GUADALUPE, JOSE MARIA EGUREN,










LA NUEVA IZQUIERDA PERUANA

Steven Levitsky
La última refundación de la izquierda peruana ha naufragado.  A los dos años del lanzamiento del Frente Amplio, la izquierda está dividida en dos frentes, ninguna de la cual es viable.  Mientras la izquierda gobierna en la mayoría de los países latinoamericanos, en el Perú apenas alcanza a Brad Pizza en las encuestas.  Es la izquierda que la derecha quiere: una fuerza marginal que no amenaza a nadie.
 
Pero no tiene que ser así.  Como han señalado Carlos Meléndez y Eduardo Dargent, existe un espacio electoral que la izquierda podría aprovechar.  A pesar del boom económico, hay altos niveles de descontento. Según el Latinobarómetro (2013), solo el 23% de los peruanos está satisfecho con la economía.  Los servicios públicos (educación, salud, transporte, seguridad) son de baja calidad, generando frustración y una percepción de injusticia, porque el Estado parece favorecer a una minoría privilegiada a costo de los demás.  Según el Latinobarómetro, solo el 16% de los peruanos cree que sus gobiernos gobiernan “para el bien de todo el pueblo”. Y solo el 17% cree que la distribución de la riqueza en el Perú es justa.  
 
Esta percepción de injusticia abre una puerta para la izquierda.  El viejo discurso anticapitalista y antiimperialista no gana elecciones en el Perú (los peruanos mayoritariamente apoyan al libre comercio y la inversión extranjera), pero la izquierda no tiene que ser anticapitalista. La izquierda es redistributiva. Busca utilizar al Estado para reducir la desigualdad. Se puede crear una sociedad más igualitaria (por ejemplo, cobrando más impuestos a los ricos para financiar políticas públicas que benefician a la mayoría) sin tumbar al sistema capitalista.  De hecho, en un país como el Perú, donde más del 80% cree que la distribución de la riqueza es injusta, un programa redistributivo sigue siendo muy atractivo.
Pero si un espacio progresista existe en el Perú, solo una izquierda renovada (y no reciclada) podrá ocuparlo.  Será una izquierda joven, que representa un cambio generacional.  Por ejemplo, un movimiento de jóvenes progresistas encabezado por Marisa Glave, Verónika Mendoza, y Sergio Tejada (con Mendoza, una cusqueña, como candidata presidencial) podría cambiar el panorama electoral en 2016.
 
La construcción de una izquierda exitosa requiere por lo menos tres cambios. Primero, la vieja guardia tiene que irse. Si quiere resucitar la izquierda peruana, la nueva generación tendrá que matar a sus padres. Los partidos históricos (PCP, Patria Roja), los intelectuales, quizás todos los políticos de la época de la Izquierda Unida, tendrán que jubilarse.  Fuera de la foto.  Muchos son buenas personas; algunos son muy respetados.  Pero han fracasado, sin cesar, por 25 años.  Ni siquiera Javier Diez Canseco ofrece un modelo para seguir. Diez Canseco fue un hombre honesto y de principios.  Fue un buen parlamentario.  Luchó con valentía contra Fujimori. Pero como líder de la izquierda, fracasó. Bajo su liderazgo, la izquierda no solo colapsó en 1989 sino que fue incapaz de reconstruirse durante dos décadas.  Mientras nuevos proyectos de izquierda crecieron en países como Bolivia, Brasil, Costa Rica, El Salvador, México, y Uruguay, en el Perú, después de 25 años, la izquierda sigue fragmentada, divorciada de los sectores populares, y electoralmente marginal. La vieja guardia ha fracasado. Que se vaya.
 
Segundo, la nueva izquierda debería abandonar todos los símbolos (bandera roja, puño en alto, etc.) y consignas de la izquierda tradicional.   Uno de los legados de Sendero Luminoso es una alergia –en gran parte de la sociedad peruana– a todo que huele a marxismo. Más que en otros países, los símbolos, consignas y discurso de la izquierda tradicional son espantavotos en el Perú, porque se asocian con Sendero. Si la izquierda quiere ganar elecciones, entonces, tiene que tirar su guion tradicional al basurero y crear un nuevo discurso y cultura.    
 
Tercero, la nueva izquierda tiene que repensar su base social. Tradicionalmente, la izquierda latinoamericana movilizaba a los obreros y los campesinos y buscaba representar a las “mayorías populares”.  En el Perú de los años setenta, tenía algo de sentido: habían obreros (la tasa de sindicalización superó a 20%) y campesinos. Y la mayoría de los peruanos eran pobres.
 
Pero la sociedad cambió.Hoy la clase obrera tradicional es casi inexistente. Solo el 4% de la población económicamente activa pertenece a un sindicato. Además, el país es 80% urbano. Los campesinos ya son pocos. Y gracias al boom económico de los 2000, la mayoría dejó de ser pobre.  
 
Hoy en día, entonces, la izquierda enfrenta una sociedad con pocos obreros y campesinos. Y los sectores populares ya no son tan pobres.   Sus miembros tienen (o esperan tener) casa y auto, mandan (o esperan mandar) sus hijos a la universidad, y consumen productos que antes solo consumían los pitucos. La izquierda tiene que adaptarse a esta nueva realidad social. Puede alinearse con la CGTP o los ronderos de Cajamarca, pero sin imaginar que representan a los sectores populares. Representan intereses legítimos, pero estrechos. Puede acompañar a las movilizaciones campesinas en defensa de sus comunidades ante la expansión poco regulada de la minería, pero convertir esa lucha en el eje de su programa sería atarse a una base social estrecha. Y olvidarse del Perú urbano.   
 
La izquierda desapareció del Perú urbano hace años. Hoy el fujimorismo tiene más presencia en los sectores populares de Lima.  Si la izquierda quiere ganar elecciones, tendrá que revertir esa situación. Tendrá que apelar no solo a los pobres urbanos (que son cada vez menos) sino también a la creciente clase media-baja. Ese sector vive mucho mejor que hace dos décadas. Un discurso enfocado exclusivamente en los costos del neoliberalismo, y que no ofrece nada a los que se beneficiaron del boom pero que aspiran a más (más seguridad económica y física, más participación, más justicia, más y mejores servicios públicos) gana pocos votos en los sectores populares urbanos. Y sin los sectores populares urbanos, la izquierda no va a ningún lado.
 
Cuando la izquierda peruana resucite, será otra: será una izquierda más joven, menos atada a las luchas del pasado, y más atenta a las necesidades de los sectores medios urbanos.  Si la nueva generación de políticos progresistas construye esa izquierda para 2016, cambiaría profundamente la dinámica electoral.  Pero el tiempo se acaba.  
 

martes, 9 de febrero de 2016

ADIOS PRIMO MARIO TORRES HEREDIA




PAZ Y BIEN EN EL Señor, PARA TODOS LOS FAMILIARES Y AMIGOS MAS CERCANOS, MEDIANTE ESTAS LINEAS DE HONDO PESAR POSTUMO Y ACONGOJADO POR EL DOLOR QUIERO EXPRESAR MIS CONDOLENCIAS A SU ESPOSA, HIJOS Y FAMILIARES POR EL FALLECIMIENTO DE MARIO TORRES HEREDIA QUE YA PARTIO A LOS BRAZOS DEL Señor, HAGO PARTICIPE DE ESTA NOTICIA A TODOS LOS FAMILIARES Y AMIGOS QUE VIVEN EN PERU Y EL EXTRANJERO..
EN EL DOLOR SOMOS HERMANOS, MEDIANTE ESTA MISIVA HAGO PRESENTE MIS CONDOLENCIAS A ...MIS PRIMOS LOS TORRES HEREDIA POR LA IRREPARABLE PERDIDA. PARAFRASEANDO A MI AMIGO FRANCISCANO EL R.P. JUAN PANIZZI BIANCHI (Q.E.P.D.), QUE DECIA: -“QUE EL MORIR TAMBIEN ES UN NACER A LA VIDA ETERNA”.
PRIMO MARIO, HAS NACIDO A LA VIDA ETERNA,
DESCANSA EN PAZ
SINCERAMENTE,
FRANCIA MARENGO Y EDUARDO NARREA.
DESDE HOUSTON TEXAS


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Comentarios
Rosa Narrea Nuestras sentidas condolencias de Miguel Narrea y familia a nuestra familia Torres Heredia por la irreparable pérdida del primo Mario. Que Dios lo tenga en su Gloria y descanze en Paz.


Carlos Carrillo MI mas sentido pesame para la familia TORRES HEREDIA que descanse en paz Mario y que Dios lo tenga en su gloria de parte de la familia CARRILLO POLO.


Eduardo Narrea EL DIA 07 DE FEBRERO NACISTE A LA VIDA ETERNA.Mario fue un hombre con mucha emoción social, En una oportunidad caminamos juntos buscando el eslabón perdido (mi hermana Ángela Narrea Avalos), al morir su mamá la Sra. ELVIRA AVALOS fuimos a la casa en que ella vivía EN EL ,DISTRITO DE Barranco , él era amigo de la familia, y ella había venido de los EUA para el velorio y entierro de su madre, no tuvimos la oportunidad de encontrarla, -desde ese día la sigo buscando-. El triunfo de la familia también era su triunfo, lo recuerdo con su diario en la mano enseñándole a mis primos que el que escribe había ingresado a la Universidad Nacional Agraria La Molina (1970), en mis cincuentas estuvo como invitado de honor compartiendo el calor familiar en la Santa Misa de salud por mis cincuentas (2001) en la Iglesia CRISTO SALVADOR DE CHAMA EN EL DISTRITO DE SANTIAGO DE SURCO Y COMPARTIÓ EL CUERPO DE CRISTO DE MANOS DE MONSEÑOR LINO PANIZZA RICHERO AMIGO DE LA FAMILIA. fue buen hijo, buen hermano, buen padre y buen primo,
MARIO DESCANSA EN PAZ.



miércoles, 17 de diciembre de 2014

DESPUES DE 53 AñOS CUBA Y EE.UU.

Historia

El memorable discurso de Raúl Porras Barrenechea en defensa de Cuba ante EE.UU.

                                
                
El 23 de agosto, el entonces canciller peruano defendió a Cuba ante la OEA, desobedeciendo la orden del presidente Prado, quien forzó su renuncia. Días después, murió de un infarto y el gobierno cubano envió una ofrenda floral, en memoria de su intervención.
A propósito del
acuerdo de Estados Unidos y Cuba con el que

Historia

El memorable discurso de Raúl Porras Barrenechea en defensa de Cuba ante EE.UU.

Foto: Instituto Raúl Porras Barrenechea
Foto: Instituto Raúl Porras Barrenechea
    
 
El 23 de agosto, el entonces canciller peruano defendió a Cuba ante la OEA, desobedeciendo la orden del presidente Prado, quien forzó su renuncia. Días después, murió de un infarto y el gobierno cubano envió una ofrenda floral, en memoria de su intervención.
A propósito del acuerdo de Estados Unidos y Cuba con el que restablecen relaciones diplomáticas luego de 53 años, es preciso recordar la intervención del excanciller Raúl Porras Barrenechea en defensa de la revolución cubana ante una OEA que estaba sometida a la voluntad del país norteamericano.
PUEDES VER: Estados Unidos y Cuba restablecen relaciones diplomáticas tras 53 años
El 23 de agosto de 1960, en la séptima reunión de cancilleres de la OEA, realizada en San José de Costa Rica, Estados Unidos promovía la condena al país isleño por el carácter socialista que había adoptado. El diplomático estadounidense esperaba que los países miembros apoyen su iniciativa y se haga frente al gobierno revolucionario.
Sin embargo, en un discurso notable como pocos, el entonces ministro de Relaciones Exteriores, Raúl Porras Barrenechea, quien presidió la comitiva peruana que llegó hasta Costa Rica, se paró y expresó una opinión contraria a la de casi todos los presentes en la reunión.
En abril de 1957, el presidente Manuel Prado Ugarteche lo nombró como su canciller. Al sanmarquino se le conocía por su actitud calmada, nunca había mostrado una posición cercana al socialismo o el izquierdismo, sino era un evidente conservador.
PUEDES VER: Porras, el historiador que hizo historia
El presidente Prado envió a Porras a Costa Rica ordenándole que secunde la posición estadounidense, pero por cuestión de principios, el diplomático estaba en contra de ello.
Porras Barrenechea ofreció un emotivo discurso, en defensa de la independencia y soberanía cubana, desobedeciendo al mandatario peruano. Tal fue su exposición que no fue recibido por un edecán del Gobierno en el aeropuerto, como correspondía.
A los pocos días, presentó su renuncia. El 27 de septiembre de ese año, un infarto apagó su connotada vida. El gobierno cubano envió una ofrenda floral, consciente de lo hecho por Porras en San José.
A CONTINUACIÓN EL DISCURSO DE PORRAS BARRENECHEA
(23 de agosto de 1960 discurso ante la VII reunión de Cancilleres.)
Señor Presidente, Señores Cancilleres:
En 1826, al reunirse en Panamá por convocatoria de Bolívar y de la Cancillería Peruana, hecha desde Lima, dos días antes de la batalla de Ayacucho, el 7 de diciembre de 1824, la primera Asamblea Anfictiónica de los pueblos de América, decía el delegado peruano Vidaurre, con énfasis americanista: "Hemos sido los primeros en concurrir al lugar destinado a formar los eternos pactos de amistad y alianza entre todas las Américas".
He ahí prefijada, desde 1826, la vocación unitaria y conciliadora del Perú en el ámbito americano. Ella arrancaba desde muy lejos y tenía las más hondas raíces telúricas. En la behetría primitiva de América, los Incas fueron los primeros en forjar una gran unidad política sobre la base del respeto de la personalidad de los pueblos incorporados a su influjo civilizador, desterrando la violencia y la fuerza, respetando las creencias y los usos de los pueblos coaligados y llevando sus ídolos para colocarlos, en señal de reverencia, en el Templo del Sol. De aquel remoto legado indígena, que no logró borrar sino que acentuó y afirmó el humanismo español de teólogos y juristas frente a la voluntad de poder de los conquistadores, brotó también la vocación de paz y justicia y el sentido de equidad del pueblo peruano que hizo realidad la utopía socialista de la igualdad económica entre los hombres y la justa distribución de la riqueza, creando el topu, la medida igual de tierra para todos los súbditos del Imperio y magnífico anticipo de las incipientes reformas agrarias de nuestro tiempo.
El Perú, en el que ha predominado étnicamente la sangre indígena aunada al espíritu ético de España, ha sido siempre en la historia un camino de fraternidad y de armoniosa conciliación de contrarios. En su territorio, situado en la encrucijada de todos los caminos de la América del Sur, se conjugaron y fundieron las oleadas culturales de Aztecas, de Mayas y de Chibchas y hasta el mítico e hirsuto primitivismo de caribes y arawaks. Lima fue el centro del comercio y de la ilustración sudamericana, y, en la hora de la emancipación, coincidieron en nuestro suelo las corrientes libertadoras del Norte y del Sur para ganar en territorio peruano la batalla fraternal de Ayacucho. Ese deber y ese destino telúrico fueron mantenidos por el Perú a través de su evolución republicana. En un período de auge económico y de predominio político sudamericano, el Perú eludió las soluciones de fuerza, buscó la coordinación jurídica y la solidaridad de intereses y de ideales de la América Latina. Convocó desde Lima al Congreso Americano de 1847 para afianzar la independencia, resguardar la integridad territorial de nuestros pueblos, repeler la invasión extranjera y uniformar los principios del derecho internacional, de modo tal que la América toda crezca como una sola familia. El Canciller peruano Paz Soldán, al instruir a su Plenipotenciario ante ese Congreso le indicaba que debía procurar la formulación de tratados que afianzasen la independencia, soberanía e instituciones de cada una de las naciones americanas, "de manera que ningún poder extraño pueda atentar impunemente contra intereses y objetos tan importantes de que depende la existencia y bienestar de nuestras naciones".
El Perú convocó también a la Unión y Confederación Americana ante los asomos de intervención extranjera en el siglo XIX, mientras dormían los Monroes. Promovió la reunión de los pueblos del Pacífico para oponerse a la expedición monarquista de Flores, apoyada por los albaceas de la Santa Alianza, se opuso a las intervenciones en México y Santo Domingo, dio su apoyo pecuniario a Costa Rica para rechazar la intervención filibustera de Walker y convocó a la solidaridad defensiva contra los intentos de conquista española, a Chile, Ecuador y Bolivia, en la Cuádruple Alianza del Pacífico que culminó gloriosamente en el Callao el 2 de Mayo de 1866. Más tarde buscó la coordinación jurídica en 1875, propuso la formación de un zollverein americano y reunió un Congreso de Jurisconsultos en Lima en 1868.
Ello explica claramente -he dicho otra vez- la posición internacional del Perú en nuestro siglo, su adhesión obstinada a las soluciones de derecho y de paz, su acatamiento a los fallos internacionales, su fe en la conciliación internacional, su cooperación a la Sociedad de las Naciones bajo el signo wilsoniano y su contribución a la Carta de San Francisco y a la defensa de los valores de la civilización humanista y cristiana dentro del marco de las Naciones Unidas. El Perú ha declarado, por otra parte, en las Naciones Unidas así como en las Conferencias de Cancilleres de Washington y Santiago, su adhesión invariable al principio de no intervención venga ésta de donde viniere, su respeto a la personalidad del Estado como base del orden internacional y a la libre determinación de los pueblos. Ha declarado, asimismo, reiteradamente, que considera como base del sistema democrático la promoción del desarrollo económico de nuestros pueblos, la elevación del nivel de vida de los trabajadores latinoamericanos continuamente acechada por la agresión económica que significa la política de cuotas y subsidios y la instauración de un nuevo interamericanismo contrario a todas las formas de explotación que promueva el mayor adelanto industrial y el amplio disfrute, por parte de nuestros pueblos, de sus riquezas naturales.
Estos hechos marcan una trayectoria y una conducta a la que se ciñó el pedido de convocatoria de una Reunión de Consulta de los Cancilleres Americanos hecha por el Perú "para considerar, según lo dijo la propuesta de 12 de julio último, las exigencias de la solidaridad continental, de la defensa del sistema regional y de los principios democráticos americanos ante las amenazas externas que puedan afectarlos". Formulada en términos de absoluta neutralidad y propósito de conciliación, ella no contuvo índice alguno de acusación contra nadie y tendió, como lo declaré a raíz de la presentación ante la 0EA, a promover todo lo que une y no lo que separa. Recogía sin saberlo la explicación cimera que Martí dio a la unidad americana cuando expresó que "La América ha de promover todo lo que acerque a los pueblos y de abominar todo lo que los aparte". En esto como en todos los problemas humanos, dijo el héroe y poeta cubano, el último de nuestros libertadores, el porvenir es el de la paz.
La situación internacional justificaba nuestra propuesta. Pese a los acuerdos y resoluciones aprobados en agosto de 1959, por la Quinta Reunión de Consulta de Santiago, la tensión existente en la zona del Caribe lejos de mejorar había empeorado por obra de múltiples y complejos factores, no sólo políticos sino económicos, particularmente por el desequilibrio entre las premiosas necesidades de nuestros pueblos y la escasez de recursos para satisfacerlas. El peor elemento de inseguridad en el Caribe era, sin duda, la política de extorsión del Gobierno de Santo Domingo, violatoria de los derechos humanos, y sus actos de intervención y agresión contra los gobiernos democráticos, particularmente contra el de Venezuela. Esa conducta acaba de ser enjuiciada por la Sexta Reunión de Consulta con tanta energía que nuestro sistema regional se ha robustecido y prestigiado con esto. El panorama cargado de sombras se empeoró progresivamente por las tensiones surgidas entre Cuba y los Estados Unidos, por las represalias adoptadas por una y otra parte y las amenazas de ruptura del sistema interamericano agravadas por la intromisión del Primer Ministro del gobierno soviético, cuyo objetivo evidente era el de atizar la discordia en el Caribe, desquiciar el sistema continental e impulsar la penetración soviética en el medio propicio de los países americanos subdesarrollados.
La doctrina y la praxis del interamericanismo están basadas, desde el Congreso de Panamá, en el mantenimiento del principio de no intervención y en la defensa del sistema democrático. La anacrónica doctrina de Monroe, que tuvo como finalidad impedir la intervención europea en América, que cumplió una función defensiva en algunos casos y se arrogó prerrogativas de tutela moral, ha sido sustituida por pactos multilaterales como los enderezados en la actualidad a impedir cualquier intervención extracontinental, pero, sobre todo, a desarrollar nuestras propias instituciones y disfrutar de nuestra independencia.
El sistema Interamericano ha significado un esfuerzo secular para constituir un sistema jurídico propio, distinto del de Europa y otros continentes, libremente aceptado por todos sobre la base de la integridad y de la independencia de nuestros Estados. No obstante las diferencias étnicas y psicológicas entre los Estados Unidos y la América Latina, han logrado formularse, favorecidas por razones geográficas, normas y aspiraciones comunes. Si Europa, tensa de rivalidades, de credos y de castas, fue siempre, según Jaspers, el continente de la lucha y de la guerra, en América se han favorecido en todo momento las fuerzas de integración de sus diversos elementos étnicos, buscando en los principios del derecho y no en la fuerza el lazo de una permanente solidaridad política. América Latina, distinta fundamentalmente de los Estados Unidos por su individualismo exagerado, su idealismo tenaz, su entusiasmo por las ideas puras y los dogmas políticos, la indisciplina de su vida política, su culto de las ideas de humanidad e igualdad, ha erigido particularmente como norma de su vida internacional la proscripción de la fuerza y la exclusión de los elementos perturbadores del orden y las doctrinas disociadoras de otras partes del mundo, que chocan, como dijo Sáenz Peña, con la fecundidad del suelo americano y con los sentimientos de clemencia y generosidad propios de nuestra raza. De estas inclinaciones pacíficas y solidarias han surgido los postulados, que se han impuesto en las Conferencias Panamericanas, de exclusión de toda hegemonía política, de defensa de la paz y de las soluciones pacíficas de las controversias internacionales, de respeto de los derechos fundamentales de la persona humana, de culto de la armonía y de la tolerancia, de instituciones como el asilo que proscribe la persecución y la venganza y que han dado lugar, como dijo García Calderón, a una confederación moral sin pactos escritos y sin rudas sanciones. América Latina ha llevado sus ideales y los ha fusionado con los ideales de orden y de libertad propios de la tradición puritana de los Estados Unidos, de Washington, Jefferson y Hamilton. De ellas ha brotado la esencia del interamericanismo.
Han coincidido fundamentalmente los Estados Unidos y la América Latina en la defensa del principio de no intervención propugnado a la vez por Monroe y por Bolívar. Ellos han revivido en los convenios de Río de Janeiro, de Buenos Aires, de Lima y de Bogotá. En la Declaración de Solidaridad y Cooperación Americana aprobada en la Conferencia de la Consolidación de la Paz, en Buenos Aires el año 1936, las 21 repúblicas se obligaron a sostener el principio de "democracia solidaria en América", conforme al cual los actos susceptibles de perturbar la paz afectan a todas y cada una de ellas. Estos principios han sido reiterados por los artículos 24 y 25 de la Carta de la OEA y por sucesivos pactos de seguridad colectiva, tales como el Tratado de Asistencia Recíproca de Río y la Declaración 32 de la Conferencia Interamericana de Bogotá que condena "la injerencia en la vida pública del continente americano de cualquier potencia extranjera o de cualquiera organización política que sirva intereses de una potencia extranjera, así como los métodos de cualquier especie de totalitarismo".
La no intervención es pues, uno de los puntos claves del interamericanismo. Es una sólida doctrina multilateral proclamada y sustentada por todas las repúblicas americanas, reafirmada en la Declaración de Lima de 24 de diciembre de 1938 que ordena el procedimiento de consulta para hacer efectiva la solidaridad americana contra cualquier atentado a su soberanía e independencia. El artículo 15 de la Carta de la OEA establece que ningún Estado o grupo de Estados tiene derecho de intervenir, directa o indirectamente, ya sea cual fuere el motivo, en los asuntos internos o externos de cualquier otro, y agrega terminantemente que este principio excluye no solamente la fuerza armada, sino también cualquier otra forma de injerencia o de dependencia atentatoria de la personalidad del Estado y de los elementos políticos, económicos y culturales que lo constituyen. Está claro, pues, que los convenios interamericanos proscriben toda injerencia extraña extracontinental en América y que ellos vedan también toda forma de injerencia de un país americano en los asuntos internos del otro. Este principio es el más seguro amparo de las pequeñas naciones, la base más firme de la paz continental y el mejor recaudo de la seguridad común. Pero debe entenderse que no admite interpretaciones parciales y que no funciona en un sentido unilateral sino multilateralmente. Los pactos americanos contrarios a las injerencias extracontinentales en asuntos americanos no contradicen los principios de las NN.UU. y antes bien se integran con ellos en la Carta de esta organización y en la de los Estados Americanos.
El caso de la Séptima Conferencia no es, sin embargo, un proceso como el de la Sexta Conferencia que señale o incumba responsabilidad y sanciones. El Perú ha propuesto una cita de conciliación y de fraternidad en la que se refuerce la unidad americana, la solidaridad histórica de América Latina y la conjugación de sus intereses con la democracia norteamericana ligada a ella por factores geográficos irreversibles y comunidad de destino histórico. Seguimos una pauta de mejoramiento social y económico que trate de encauzar formas de vida más decorosas para los hombres de América en el campo económico y social y tratamos de desviar las corrientes discordes que conspiran contra las ideas de personalidad, unidad, estabilidad y autoridad que califican la cultura de Occidente. Defendemos junto con el sistema regional un estilo de vida y un sistema de valores que confíe en las fuerzas espirituales y destierre de la vida colectiva los factores de envidia, de odio y de venganza. No debemos dudar, en ningún momento, de los buenos propósitos tanto de Cuba como de los Estados Unidos ni arrogarnos la función de dirimir una divergencia bilateral. Entre Cuba y los EE. UU. han existido motivos de amistad y cooperación que han derivado en beneficio de la cultura de ambos pueblos y en acicate de progreso. Hay entre ellos, no obstante las divergencias surgidas y las mutuas inculpaciones, puntos de aproximación y de coincidencia. Los Estados Unidos han declarado por la voz del Secretario de Estado Hughes que ellos reconocen en América Latina "el derecho a la revolución y que cada nación puede gobernarse a sí misma según la forma que quiera y cambiarla a su arbitrio si es que cuenta para ello con la voluntad popular". "El principio de hegemonía de uno o más Estados americanos -proclamó el mismo estadista- debe ser descartado de una vez para siempre del sistema internacional americano". Cuba, al rechazar las afirmaciones oficiales de los Estados Unidos, ha asegurado también ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que su posición es de amistad y cooperación con todos los pueblos y que está dispuesta a convivir en paz y a incrementar sus relaciones diplomáticas y económicas sobre bases de igualdad y respeto mutuo con los Estados Unidos. Contrariando volanderas opiniones, Cuba ha afirmado, por la voz de su Ministro de Relaciones Exteriores, que quiere ajustarse a normas de derecho internacional y no a posiciones de fuerza, pero que rechaza cualquier intento de intervención en sus asuntos internos y las agresiones económicas. Debemos confiar por esto en las fórmulas de entendimiento y en la influencia de los factores morales e históricos de unión y solidaridad entre los pueblos de América. Sólo asociándonos todos los pueblos del Continente podremos resistir las agresiones de fuera y mantener la originalidad de nuestra cultura y de nuestras formas de vida. Yo no concibo ni puedo imaginar que el pueblo cubano, el pueblo de Martí, de Heredia y de Casal, de José Enrique Varona, en cuyos tiempos la isla tenía más maestros que soldados, pueda aceptar ajenas tutelas espirituales para convertirse en satélite de ninguna potencia. Debemos confiar en el pueblo de Cuba y debemos procurar que manteniendo la inspiración que brota de la realidad económica latinoamericana mantenga su íntima coherencia con nuestros pueblos a los que le unen lazos irrenunciables de sangre y de espíritu, para hallar juntos medios de conciliación amistosa como los que se obtuvieron entre México y los Estados Unidos que reafirmaron la unidad americana. Estos medios pacíficos refluirán enseguida en el mantenimiento del sistema interamericano, de nuevas estructuras de paz que traspasen el ya trillado camino de la buena vecindad y consagren una nueva armonía continental basada en la emancipación económica de nuestros pueblos. La subsistencia de los sistemas regionales en la confusión de la hora actual, urgida o ganada por el espíritu de lucro y de poder, por sentimientos de declinación y catástrofe y de vagos mensajes mesiánicos, cargados de ocultismo y gérmenes de discordia, debe reforzarse, no como factores egoístas que tiendan a destacar disparidades sino como elementos constructivos para un plan de coexistencia y armonía universal. Condenamos por esto toda intervención en los asuntos hemisféricos de potencias extrañas que traten de imponernos formas que no han surgido de nuestra propia evolución política y social y que representarían pobreza de invención o dependencia intelectual y política de extraños y lejanos tutores.
Reiteramos lo que hemos dicho otra vez. Vivimos según el humanista europeo en tiempos difíciles en que no se puede hablar ni callar sin peligro. América Latina vive las circunstancias dramáticas del subdesarrollo económico. Los trabajadores de América Latina moran en condiciones infrahumanas y reciben salarios seis veces inferiores a los de los grandes países industrializados, La economía y el bienestar de nuestros pueblos dependen del egoísmo y del monopolio de los grandes consorcios y monopolios mundiales y deberían enfrentarse por una vasta política de promoción y desarrollo y no resolverse con una simple mentalidad bancaria. Hemos formulado reiteradamente nuestra demanda de ayuda financiera y de asistencia técnica, de crédito y de libre comercio pero no de dádivas. Debemos afrontar en esta Conferencia y en la próxima reunión de Bogotá, con voluntad unánime y vigorosa, la lucha a fondo contra los males del subdesarrollo que minan la solidaridad continental.
Pero la base sustantiva de la democracia y de la solidaridad que defiende el sistema Interamericano debe ser la libertad entendida como el respeto fundamental a la personalidad y a la dignidad humana, a la tolerancia como suprema virtud democrática, a la proscripción de toda estulticia o forma de persecución de las ideas, ya que la democracia no puede defenderse sino con armas democráticas que son las de la inteligencia y la razón.
Confiamos en que la revolución cubana que ha proclamado principios que significan una honda transformación económica, la mejora de los niveles de vida y una más justa distribución de la riqueza, no se desvíe de su camino original y su destino americano que comparte la mayoría de nuestros pueblos y gobiernos, y los Estados Unidos, que han declarado su voluntad de servir a la paz y al bienestar de los pueblos americanos, hallen una fórmula de entendimiento en que se realice el más amplio ideal de vida de la humanidad, que es el vivir sin temor y se haga prevalecer el espíritu de razón y de conciliación contra toda forma de fanatismo, de miedo y de pasión. Confiemos, como en el Evangelio de San Lucas, en que podamos andar juntos sin represión y que en ese alto plano de amistad podamos convertir los corazones de los rebeldes a la prudencia de los justos, para bien de América y de la Humanidad.
luego de 53 años, es preciso recordar la intervención del excanciller Raúl Porras Barrenechea en defensa de la revolución cubana ante una OEA que estaba sometida a la voluntad del país norteamericano.
PUEDES VER: Estados Unidos y Cuba restablecen relaciones diplomáticas tras 53 años
El 23 de agosto de 1960, en la séptima reunión de cancilleres de la OEA, realizada en San José de Costa Rica, Estados Unidos promovía la condena al país isleño por el carácter socialista que había adoptado. El diplomático estadounidense esperaba que los países miembros apoyen su iniciativa y se haga frente al gobierno revolucionario.
Sin embargo, en un discurso notable como pocos, el entonces ministro de Relaciones Exteriores, Raúl Porras Barrenechea, quien presidió la comitiva peruana que llegó hasta Costa Rica, se paró y expresó una opinión contraria a la de casi todos los presentes en la reunión.
En abril de 1957, el presidente Manuel Prado Ugarteche lo nombró como su canciller. Al sanmarquino se le conocía por su actitud calmada, nunca había mostrado una posición cercana al socialismo o el izquierdismo, sino era un evidente conservador.
PUEDES VER: Porras, el historiador que hizo historia
El presidente Prado envió a Porras a Costa Rica ordenándole que secunde la posición estadounidense, pero por cuestión de principios, el diplomático estaba en contra de ello.
Porras Barrenechea ofreció un emotivo discurso, en defensa de la independencia y soberanía cubana, desobedeciendo al mandatario peruano. Tal fue su exposición que no fue recibido por un edecán del Gobierno en el aeropuerto, como correspondía.
A los pocos días, presentó su renuncia. El 27 de septiembre de ese año, un infarto apagó su connotada vida. El gobierno cubano envió una ofrenda floral, consciente de lo hecho por Porras en San José.
A CONTINUACIÓN EL DISCURSO DE PORRAS BARRENECHEA
(23 de agosto de 1960 discurso ante la VII reunión de Cancilleres.)
Señor Presidente, Señores Cancilleres:
En 1826, al reunirse en Panamá por convocatoria de Bolívar y de la Cancillería Peruana, hecha desde Lima, dos días antes de la batalla de Ayacucho, el 7 de diciembre de 1824, la primera Asamblea Anfictiónica de los pueblos de América, decía el delegado peruano Vidaurre, con énfasis americanista: "Hemos sido los primeros en concurrir al lugar destinado a formar los eternos pactos de amistad y alianza entre todas las Américas".
He ahí prefijada, desde 1826, la vocación unitaria y conciliadora del Perú en el ámbito americano. Ella arrancaba desde muy lejos y tenía las más hondas raíces telúricas. En la behetría primitiva de América, los Incas fueron los primeros en forjar una gran unidad política sobre la base del respeto de la personalidad de los pueblos incorporados a su influjo civilizador, desterrando la violencia y la fuerza, respetando las creencias y los usos de los pueblos coaligados y llevando sus ídolos para colocarlos, en señal de reverencia, en el Templo del Sol. De aquel remoto legado indígena, que no logró borrar sino que acentuó y afirmó el humanismo español de teólogos y juristas frente a la voluntad de poder de los conquistadores, brotó también la vocación de paz y justicia y el sentido de equidad del pueblo peruano que hizo realidad la utopía socialista de la igualdad económica entre los hombres y la justa distribución de la riqueza, creando el topu, la medida igual de tierra para todos los súbditos del Imperio y magnífico anticipo de las incipientes reformas agrarias de nuestro tiempo.
El Perú, en el que ha predominado étnicamente la sangre indígena aunada al espíritu ético de España, ha sido siempre en la historia un camino de fraternidad y de armoniosa conciliación de contrarios. En su territorio, situado en la encrucijada de todos los caminos de la América del Sur, se conjugaron y fundieron las oleadas culturales de Aztecas, de Mayas y de Chibchas y hasta el mítico e hirsuto primitivismo de caribes y arawaks. Lima fue el centro del comercio y de la ilustración sudamericana, y, en la hora de la emancipación, coincidieron en nuestro suelo las corrientes libertadoras del Norte y del Sur para ganar en territorio peruano la batalla fraternal de Ayacucho. Ese deber y ese destino telúrico fueron mantenidos por el Perú a través de su evolución republicana. En un período de auge económico y de predominio político sudamericano, el Perú eludió las soluciones de fuerza, buscó la coordinación jurídica y la solidaridad de intereses y de ideales de la América Latina. Convocó desde Lima al Congreso Americano de 1847 para afianzar la independencia, resguardar la integridad territorial de nuestros pueblos, repeler la invasión extranjera y uniformar los principios del derecho internacional, de modo tal que la América toda crezca como una sola familia. El Canciller peruano Paz Soldán, al instruir a su Plenipotenciario ante ese Congreso le indicaba que debía procurar la formulación de tratados que afianzasen la independencia, soberanía e instituciones de cada una de las naciones americanas, "de manera que ningún poder extraño pueda atentar impunemente contra intereses y objetos tan importantes de que depende la existencia y bienestar de nuestras naciones".
El Perú convocó también a la Unión y Confederación Americana ante los asomos de intervención extranjera en el siglo XIX, mientras dormían los Monroes. Promovió la reunión de los pueblos del Pacífico para oponerse a la expedición monarquista de Flores, apoyada por los albaceas de la Santa Alianza, se opuso a las intervenciones en México y Santo Domingo, dio su apoyo pecuniario a Costa Rica para rechazar la intervención filibustera de Walker y convocó a la solidaridad defensiva contra los intentos de conquista española, a Chile, Ecuador y Bolivia, en la Cuádruple Alianza del Pacífico que culminó gloriosamente en el Callao el 2 de Mayo de 1866. Más tarde buscó la coordinación jurídica en 1875, propuso la formación de un zollverein americano y reunió un Congreso de Jurisconsultos en Lima en 1868.
Ello explica claramente -he dicho otra vez- la posición internacional del Perú en nuestro siglo, su adhesión obstinada a las soluciones de derecho y de paz, su acatamiento a los fallos internacionales, su fe en la conciliación internacional, su cooperación a la Sociedad de las Naciones bajo el signo wilsoniano y su contribución a la Carta de San Francisco y a la defensa de los valores de la civilización humanista y cristiana dentro del marco de las Naciones Unidas. El Perú ha declarado, por otra parte, en las Naciones Unidas así como en las Conferencias de Cancilleres de Washington y Santiago, su adhesión invariable al principio de no intervención venga ésta de donde viniere, su respeto a la personalidad del Estado como base del orden internacional y a la libre determinación de los pueblos. Ha declarado, asimismo, reiteradamente, que considera como base del sistema democrático la promoción del desarrollo económico de nuestros pueblos, la elevación del nivel de vida de los trabajadores latinoamericanos continuamente acechada por la agresión económica que significa la política de cuotas y subsidios y la instauración de un nuevo interamericanismo contrario a todas las formas de explotación que promueva el mayor adelanto industrial y el amplio disfrute, por parte de nuestros pueblos, de sus riquezas naturales.
Estos hechos marcan una trayectoria y una conducta a la que se ciñó el pedido de convocatoria de una Reunión de Consulta de los Cancilleres Americanos hecha por el Perú "para considerar, según lo dijo la propuesta de 12 de julio último, las exigencias de la solidaridad continental, de la defensa del sistema regional y de los principios democráticos americanos ante las amenazas externas que puedan afectarlos". Formulada en términos de absoluta neutralidad y propósito de conciliación, ella no contuvo índice alguno de acusación contra nadie y tendió, como lo declaré a raíz de la presentación ante la 0EA, a promover todo lo que une y no lo que separa. Recogía sin saberlo la explicación cimera que Martí dio a la unidad americana cuando expresó que "La América ha de promover todo lo que acerque a los pueblos y de abominar todo lo que los aparte". En esto como en todos los problemas humanos, dijo el héroe y poeta cubano, el último de nuestros libertadores, el porvenir es el de la paz.
La situación internacional justificaba nuestra propuesta. Pese a los acuerdos y resoluciones aprobados en agosto de 1959, por la Quinta Reunión de Consulta de Santiago, la tensión existente en la zona del Caribe lejos de mejorar había empeorado por obra de múltiples y complejos factores, no sólo políticos sino económicos, particularmente por el desequilibrio entre las premiosas necesidades de nuestros pueblos y la escasez de recursos para satisfacerlas. El peor elemento de inseguridad en el Caribe era, sin duda, la política de extorsión del Gobierno de Santo Domingo, violatoria de los derechos humanos, y sus actos de intervención y agresión contra los gobiernos democráticos, particularmente contra el de Venezuela. Esa conducta acaba de ser enjuiciada por la Sexta Reunión de Consulta con tanta energía que nuestro sistema regional se ha robustecido y prestigiado con esto. El panorama cargado de sombras se empeoró progresivamente por las tensiones surgidas entre Cuba y los Estados Unidos, por las represalias adoptadas por una y otra parte y las amenazas de ruptura del sistema interamericano agravadas por la intromisión del Primer Ministro del gobierno soviético, cuyo objetivo evidente era el de atizar la discordia en el Caribe, desquiciar el sistema continental e impulsar la penetración soviética en el medio propicio de los países americanos subdesarrollados.
La doctrina y la praxis del interamericanismo están basadas, desde el Congreso de Panamá, en el mantenimiento del principio de no intervención y en la defensa del sistema democrático. La anacrónica doctrina de Monroe, que tuvo como finalidad impedir la intervención europea en América, que cumplió una función defensiva en algunos casos y se arrogó prerrogativas de tutela moral, ha sido sustituida por pactos multilaterales como los enderezados en la actualidad a impedir cualquier intervención extracontinental, pero, sobre todo, a desarrollar nuestras propias instituciones y disfrutar de nuestra independencia.
El sistema Interamericano ha significado un esfuerzo secular para constituir un sistema jurídico propio, distinto del de Europa y otros continentes, libremente aceptado por todos sobre la base de la integridad y de la independencia de nuestros Estados. No obstante las diferencias étnicas y psicológicas entre los Estados Unidos y la América Latina, han logrado formularse, favorecidas por razones geográficas, normas y aspiraciones comunes. Si Europa, tensa de rivalidades, de credos y de castas, fue siempre, según Jaspers, el continente de la lucha y de la guerra, en América se han favorecido en todo momento las fuerzas de integración de sus diversos elementos étnicos, buscando en los principios del derecho y no en la fuerza el lazo de una permanente solidaridad política. América Latina, distinta fundamentalmente de los Estados Unidos por su individualismo exagerado, su idealismo tenaz, su entusiasmo por las ideas puras y los dogmas políticos, la indisciplina de su vida política, su culto de las ideas de humanidad e igualdad, ha erigido particularmente como norma de su vida internacional la proscripción de la fuerza y la exclusión de los elementos perturbadores del orden y las doctrinas disociadoras de otras partes del mundo, que chocan, como dijo Sáenz Peña, con la fecundidad del suelo americano y con los sentimientos de clemencia y generosidad propios de nuestra raza. De estas inclinaciones pacíficas y solidarias han surgido los postulados, que se han impuesto en las Conferencias Panamericanas, de exclusión de toda hegemonía política, de defensa de la paz y de las soluciones pacíficas de las controversias internacionales, de respeto de los derechos fundamentales de la persona humana, de culto de la armonía y de la tolerancia, de instituciones como el asilo que proscribe la persecución y la venganza y que han dado lugar, como dijo García Calderón, a una confederación moral sin pactos escritos y sin rudas sanciones. América Latina ha llevado sus ideales y los ha fusionado con los ideales de orden y de libertad propios de la tradición puritana de los Estados Unidos, de Washington, Jefferson y Hamilton. De ellas ha brotado la esencia del interamericanismo.
Han coincidido fundamentalmente los Estados Unidos y la América Latina en la defensa del principio de no intervención propugnado a la vez por Monroe y por Bolívar. Ellos han revivido en los convenios de Río de Janeiro, de Buenos Aires, de Lima y de Bogotá. En la Declaración de Solidaridad y Cooperación Americana aprobada en la Conferencia de la Consolidación de la Paz, en Buenos Aires el año 1936, las 21 repúblicas se obligaron a sostener el principio de "democracia solidaria en América", conforme al cual los actos susceptibles de perturbar la paz afectan a todas y cada una de ellas. Estos principios han sido reiterados por los artículos 24 y 25 de la Carta de la OEA y por sucesivos pactos de seguridad colectiva, tales como el Tratado de Asistencia Recíproca de Río y la Declaración 32 de la Conferencia Interamericana de Bogotá que condena "la injerencia en la vida pública del continente americano de cualquier potencia extranjera o de cualquiera organización política que sirva intereses de una potencia extranjera, así como los métodos de cualquier especie de totalitarismo".
La no intervención es pues, uno de los puntos claves del interamericanismo. Es una sólida doctrina multilateral proclamada y sustentada por todas las repúblicas americanas, reafirmada en la Declaración de Lima de 24 de diciembre de 1938 que ordena el procedimiento de consulta para hacer efectiva la solidaridad americana contra cualquier atentado a su soberanía e independencia. El artículo 15 de la Carta de la OEA establece que ningún Estado o grupo de Estados tiene derecho de intervenir, directa o indirectamente, ya sea cual fuere el motivo, en los asuntos internos o externos de cualquier otro, y agrega terminantemente que este principio excluye no solamente la fuerza armada, sino también cualquier otra forma de injerencia o de dependencia atentatoria de la personalidad del Estado y de los elementos políticos, económicos y culturales que lo constituyen. Está claro, pues, que los convenios interamericanos proscriben toda injerencia extraña extracontinental en América y que ellos vedan también toda forma de injerencia de un país americano en los asuntos internos del otro. Este principio es el más seguro amparo de las pequeñas naciones, la base más firme de la paz continental y el mejor recaudo de la seguridad común. Pero debe entenderse que no admite interpretaciones parciales y que no funciona en un sentido unilateral sino multilateralmente. Los pactos americanos contrarios a las injerencias extracontinentales en asuntos americanos no contradicen los principios de las NN.UU. y antes bien se integran con ellos en la Carta de esta organización y en la de los Estados Americanos.
El caso de la Séptima Conferencia no es, sin embargo, un proceso como el de la Sexta Conferencia que señale o incumba responsabilidad y sanciones. El Perú ha propuesto una cita de conciliación y de fraternidad en la que se refuerce la unidad americana, la solidaridad histórica de América Latina y la conjugación de sus intereses con la democracia norteamericana ligada a ella por factores geográficos irreversibles y comunidad de destino histórico. Seguimos una pauta de mejoramiento social y económico que trate de encauzar formas de vida más decorosas para los hombres de América en el campo económico y social y tratamos de desviar las corrientes discordes que conspiran contra las ideas de personalidad, unidad, estabilidad y autoridad que califican la cultura de Occidente. Defendemos junto con el sistema regional un estilo de vida y un sistema de valores que confíe en las fuerzas espirituales y destierre de la vida colectiva los factores de envidia, de odio y de venganza. No debemos dudar, en ningún momento, de los buenos propósitos tanto de Cuba como de los Estados Unidos ni arrogarnos la función de dirimir una divergencia bilateral. Entre Cuba y los EE. UU. han existido motivos de amistad y cooperación que han derivado en beneficio de la cultura de ambos pueblos y en acicate de progreso. Hay entre ellos, no obstante las divergencias surgidas y las mutuas inculpaciones, puntos de aproximación y de coincidencia. Los Estados Unidos han declarado por la voz del Secretario de Estado Hughes que ellos reconocen en América Latina "el derecho a la revolución y que cada nación puede gobernarse a sí misma según la forma que quiera y cambiarla a su arbitrio si es que cuenta para ello con la voluntad popular". "El principio de hegemonía de uno o más Estados americanos -proclamó el mismo estadista- debe ser descartado de una vez para siempre del sistema internacional americano". Cuba, al rechazar las afirmaciones oficiales de los Estados Unidos, ha asegurado también ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que su posición es de amistad y cooperación con todos los pueblos y que está dispuesta a convivir en paz y a incrementar sus relaciones diplomáticas y económicas sobre bases de igualdad y respeto mutuo con los Estados Unidos. Contrariando volanderas opiniones, Cuba ha afirmado, por la voz de su Ministro de Relaciones Exteriores, que quiere ajustarse a normas de derecho internacional y no a posiciones de fuerza, pero que rechaza cualquier intento de intervención en sus asuntos internos y las agresiones económicas. Debemos confiar por esto en las fórmulas de entendimiento y en la influencia de los factores morales e históricos de unión y solidaridad entre los pueblos de América. Sólo asociándonos todos los pueblos del Continente podremos resistir las agresiones de fuera y mantener la originalidad de nuestra cultura y de nuestras formas de vida. Yo no concibo ni puedo imaginar que el pueblo cubano, el pueblo de Martí, de Heredia y de Casal, de José Enrique Varona, en cuyos tiempos la isla tenía más maestros que soldados, pueda aceptar ajenas tutelas espirituales para convertirse en satélite de ninguna potencia. Debemos confiar en el pueblo de Cuba y debemos procurar que manteniendo la inspiración que brota de la realidad económica latinoamericana mantenga su íntima coherencia con nuestros pueblos a los que le unen lazos irrenunciables de sangre y de espíritu, para hallar juntos medios de conciliación amistosa como los que se obtuvieron entre México y los Estados Unidos que reafirmaron la unidad americana. Estos medios pacíficos refluirán enseguida en el mantenimiento del sistema interamericano, de nuevas estructuras de paz que traspasen el ya trillado camino de la buena vecindad y consagren una nueva armonía continental basada en la emancipación económica de nuestros pueblos. La subsistencia de los sistemas regionales en la confusión de la hora actual, urgida o ganada por el espíritu de lucro y de poder, por sentimientos de declinación y catástrofe y de vagos mensajes mesiánicos, cargados de ocultismo y gérmenes de discordia, debe reforzarse, no como factores egoístas que tiendan a destacar disparidades sino como elementos constructivos para un plan de coexistencia y armonía universal. Condenamos por esto toda intervención en los asuntos hemisféricos de potencias extrañas que traten de imponernos formas que no han surgido de nuestra propia evolución política y social y que representarían pobreza de invención o dependencia intelectual y política de extraños y lejanos tutores.
Reiteramos lo que hemos dicho otra vez. Vivimos según el humanista europeo en tiempos difíciles en que no se puede hablar ni callar sin peligro. América Latina vive las circunstancias dramáticas del subdesarrollo económico. Los trabajadores de América Latina moran en condiciones infrahumanas y reciben salarios seis veces inferiores a los de los grandes países industrializados, La economía y el bienestar de nuestros pueblos dependen del egoísmo y del monopolio de los grandes consorcios y monopolios mundiales y deberían enfrentarse por una vasta política de promoción y desarrollo y no resolverse con una simple mentalidad bancaria. Hemos formulado reiteradamente nuestra demanda de ayuda financiera y de asistencia técnica, de crédito y de libre comercio pero no de dádivas. Debemos afrontar en esta Conferencia y en la próxima reunión de Bogotá, con voluntad unánime y vigorosa, la lucha a fondo contra los males del subdesarrollo que minan la solidaridad continental.
Pero la base sustantiva de la democracia y de la solidaridad que defiende el sistema Interamericano debe ser la libertad entendida como el respeto fundamental a la personalidad y a la dignidad humana, a la tolerancia como suprema virtud democrática, a la proscripción de toda estulticia o forma de persecución de las ideas, ya que la democracia no puede defenderse sino con armas democráticas que son las de la inteligencia y la razón.
Confiamos en que la revolución cubana que ha proclamado principios que significan una honda transformación económica, la mejora de los niveles de vida y una más justa distribución de la riqueza, no se desvíe de su camino original y su destino americano que comparte la mayoría de nuestros pueblos y gobiernos, y los Estados Unidos, que han declarado su voluntad de servir a la paz y al bienestar de los pueblos americanos, hallen una fórmula de entendimiento en que se realice el más amplio ideal de vida de la humanidad, que es el vivir sin temor y se haga prevalecer el espíritu de razón y de conciliación contra toda forma de fanatismo, de miedo y de pasión. Confiemos, como en el Evangelio de San Lucas, en que podamos andar juntos sin represión y que en ese alto plano de amistad podamos convertir los corazones de los rebeldes a la prudencia de los justos, para bien de América y de la Humanidad.
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